Artagnan Pérez Méndez nunca preguntaba si el imputado cometió o no el hecho

Por:  - miércoles 15 noviembre, 2017

Trabajo especializado tomado del periódico Hoy.com.do, a propósito del fallecimiento hoy, 15 de noviembre, del estacado jurista Pérez Méndez.

No le preocupa que le llamen el abogado de los casos difíciles por haber defendido acusados aparentemente culpables de los hechos. Al contrario, eso le enaltece y exalta porque a él ningún cliente lo busca por haber dado una pescozada a otro, sino por ser señalado como asesino.

“Cuando un paciente tiene una enfermedad muy grave ¿acude a un mediquito o a un Señor Médico? Yo me veo así en la abogacía. Digo que si me buscan para casos complicados es porque confían en mi capacidad, eso me enorgullece”, responde Artagnan Pérez Méndez, el exitoso jurista y catedrático universitario que venció desde la cuna una extraña enfermedad entonces no diagnosticada que fue rompiendo sus huesos, encorvando su cuerpo, disminuyendo su estatura.

Lleva cincuenta años ejerciendo el Derecho, “aunque soy torcido”, y afirma que nunca ha perdido un juicio, precisamente porque quienes lo buscan son los presuntos inculpados. “El abogado, explica, trabaja por los medios, no por los resultados. El día que yo haga una defensa mal hecha, perdí el pleito aunque me hayan descargado al reo. Pero si he hecho una defensa bien hecha, aunque me lo hayan condenado a cien años de prisión, considero que gané el pleito”, manifiesta.

Artagnan Pérez Méndez, el defensor del banquero Leonel Almonte, de Mario José Redondo Llenas, de un esposo celoso que mató a su compañera de 17 puñaladas, es un hombre de fe, creyente en Dios, catequista, evangelizador, devoto de San Antonio al que hace una novena anual para detener las fracturas en su cuerpo una vez frágil. Sensible, generoso, caritativo, con una gran capacidad de exposición que tal vez lo motivó a querer ser predicador y que hoy es quizá la razón que lo mueve a pedir a los curas que le permitan pronunciar las homilías en misa. ¿No se contradice tanta devoción y religiosidad con las causas peliagudas cuya defensa confiesa que le honran?

“No, porque lo primero que te voy a decir es lo siguiente: Cuando llega un caso a mis manos, yo nunca le pregunto al cliente tú lo hiciste o no lo hiciste, porque es casi seguro que me va a hablar mentira, y segundo, porque yo no voy a defender otra cosa que no sea el expediente que ponen en mis manos. Por ejemplo, en el caso Llenas nunca le pregunté a Mario José: ¿Tú mataste a ese niño? ¿Tú lo apuñalaste? No tenía que preguntarle, tenía el expediente en mis manos”, explica y comunica, como si en ese momento estudiara los papeles: “aquí se han vulnerado sus derechos, esa experticia estuvo mal hecha… y voy defendiendo eso”.

Abunda en ese suceso, ocurrido en mayo de 1996 cuando desapareció el niño José Rafael Llenas Aybar, de cuya muerte se acusó a Mario José Redondo Llenas y a Juan Manuel Moliné Rodríguez. El país le dio seguimiento diario porque el juicio fue televisado. Luis Miguel Pereyra fue vocero de la parte civil constituida.

“A mí lo que me dolió del caso Llenas fueron dos cosas: primero, que montaron el proceso en la prensa, por razones que no viene al caso explicar, eso es una inmoralidad, y segundo porque no dieron oportunidad de que se hiciera una correcta evaluación de la situación real de los dos muchachos que estaban acusados, amén de la complicidad de los Palma, que fueron favorecidos, los dejaron salir del país y todavía, al día de hoy, nadie se ha ocupado ni de pedir su extradición ni de traerlos, no obstante estar enviados al tribunal criminal, los dos. Nadie se quiere ocupar de eso. Esas son las cosas que más me duelen”.

Sale a relucir el disgusto de una distinguida comunicadora de la televisión porque Pérez Méndez le advirtió en un pasillo, previo al proceso, que la iba a poner a orinar azul, significando que le haría un interrogatorio exhaustivo, y porque, al no oír cuando se declaró su estado civil, preguntó si debía referirse a ella como casada o soltera. Ella desconocía, al parecer, que Artagnan es jocoso, ocurrente, irónico, y que no ocultaba, en el fondo, perversas intenciones contra la brillante periodista. “Eso lo exageraron”, observa.

Pereyra fue sarcástico

-¿No le molestaron expresiones del doctor Pereyra que a veces aparentaban cáusticas como cuando repetía la palabra retorcido? Muchos entendían que se mofaba de su aspecto físico.

“Siempre fueron sarcásticos. Esa es una forma innoble de ejercer el Derecho pero, evidentemente, a él le pagaron, él, más que defender al niño muerto, a la parte civil, era el abogado del medio de comunicación que llevó a través de la prensa ese pleito. Yo ese pleito entiendo que lo gané. Al que yo defendí le echaron 30 años y considero que gané”. Alega que no fue una derrota “porque los principios que yo esgrimía los considero justos y eran todos conducentes a que se administrara justicia, y si la justicia es prejuiciada, ya no es justicia, y a mí no me cabe la menor duda de que en parte de nuestros magistrados que llevaron el caso, había prejuicio”.

Hay un caso que defendió hace años con evidencias tan palpables de culpabilidad, que parecía imposible ganarlo. Una mocana iba desangrándose camino al hospital, por 17 puñaladas que le propinó el esposo y sólo atinaba a exclamar: “No le hagan nada, cuidado si lo castigan”. Casi al año visitó a Artagnan un hermano de la víctima pidiéndole que asumiera la defensa y él le dijo que le llevara el expediente.

“Averigüé que el hombre sufría de epilepsia, entonces me auxilié del doctor Manuel de Jesús Pérez Simó, del psiquiatra Ramón Gómez Estrella, que me prestó 17 folletos sobre epilepsia y un Tratado y me puse a estudiar hasta dónde llega la irresponsabilidad penal del epiléptico”. El hombre, que había sido condenado a ocho años de prisión, fue descargado en la Corte de La Vega porque según Artagnan, “el epiléptico no es responsable penalmente. “El aura epiléptica hace que el individuo pierda por completo la visión de la conciencia”.

Artagnan lleva los casos del asesinato del cineasta Jean Louis Jorge, en la parte civil y del Banco Central, Baninter y la Superintendencia de Bancos. Asegura que no teme tener de frente a Vincho Castillo, “al contrario, no hay cosa más buena que pelear contra un abogado bueno, el buen abogado se mete en el Derecho y argumenta con el Derecho, no anda por las ramas. Tomaría yo siempre estar peleando contra buenos abogados”.

Como un príncipe

Rafael Ricardo Artagnan, nació en Moca el 23 de noviembre de 1929, hijo de Ricardo Pérez Medina y Amantina Méndez. Fue monaguillo y es un producto de las escuelas públicas de su pueblo a las que asistió venciendo su enfermedad que, al padecerla su primera hija, Isolina, de la cual murió, supo que se llama Osteogénesis imperfecta.

Se sobrepuso a la pobreza con una actitud mental superior y con el ejemplo de su padre que al oficio de dependiente de farmacia con un sueldo de 20 pesos agregaba el de vender billetes de lotería en las vitrinas de la botica, fabricar cajas para empacar corbatas y pastillas de teñir ropa durante la Segunda Guerra Mundial. Los doctores Toribio Bencosme, luego expedicionario de Junio, y Carl Theodore George, de San Pedro de Macorís, le atendieron en una infancia que a veces lo postraba hasta por tres años. Para poder ir a la universidad dio clases en los liceos de Moca, San Cristóbal, el San Rafael, Politécnico Loyola, y el Instituto Oficial de Comercio Benjamín Uribe.

Sus limitaciones le acomplejaron en la niñez, sobre todo porque cuando iba a jugar pelota lo marginaban para no hacerse responsables de lo que le pudiera pasar. “A veces yo bateaba y me corrían la base, previendo que chocara”. Lo que más le molestaba, narra, “era haberme quedado cojo, pequeño, porque yo, a los cuatro años de edad casi tenía este tamaño, me fui torciendo por la cojera y lo mal atendida que fueron las fracturas. Si me hubiesen atendido ortopedistas de hoy, no hubiera quedado cojo ni torcido y hubiera crecido un poquito más. Obviamente, eso me acomplejó pero también me ayudó mucho a hacerme un hombre de fe, de convicciones religiosas, de creer en Dios más que en cualquier otra cosa en el mundo y sobre todo, el estar en cama me ayudó a leer mucho”.

Sus impedimentos, agrega, lo hicieron más reflexivo, estudioso y sensible frente al dolor ajeno. “Yo lo soporto todo, menos el dolor del otro”.

Casó el 1 de agosto de 1965 con su alumna más bella en la Universidad Madre y Maestra donde fue 28 años catedrático de Derecho, Nelfa Ferreras, madre de su hija fallecida Isolina y de Pablo José, Isabel, Rafael y Pedro José. Tres son abogados y fueron también discípulos de Artagnan Pérez.

Aunque llegó a tener carro después de 17 años de ejercicio profesional, hoy vive en Moca como un príncipe. Tiene una rica colección de compactos que abarca desde la música clásica hasta corridos mexicanos, las bebidas de su gusto más añejas y exóticas, es autor de cerca de diez libros: Ese Moca desconocido, El testamento de don Geraldo, Más allá de lo posible, Al cruzar el viaducto, Procedimiento Civil, Código Penal Dominicano anotado, Sucesiones y Liberalidades, dos monografías, una sobre homicidio y otra sobre el asesinato, aparte de los que tiene en imprenta.

Posee tres ricas bibliotecas. La cocina de su inmensa residencia es casi industrial, deslumbrante, el patio japonés es precioso, las oficinas confortables. Canta, degusta un vaso de licor y declama que obnubila por la dramatización y perfecta dicción que imprime al verso. “Si yo sigo te orinas”, expresa al recitar románticas estrofas. Exhibe alegría, optimismo, buen humor. Cuando invita a la sala de conferencias señala la butaca donde se sentó Leonel Fernández cuando era candidato en 1996 y viajó a Moca a “oír su autorizada opinión acerca de mis posibilidades para alcanzar la presidencia de la República”.

“Yo a usted no le veo la más mínima posibilidad de alcanzar la presidencia, le contestó, pero sí un gran potencial, y no debe desmayar en sus empeños”. Llegaron las elecciones, el Frente Patriótico y Leonel Fernández resultó triunfador. “Posteriormente nos encontramos, me puso las manos sobre los hombros y me dijo: Doctor Artagnan, aquí, Presidente de la República, a pesar de su autorizada opinión”.

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